lunes, 23 de noviembre de 2009

una noche de aquellas

Anoche fue una de esas noches siniestras, en las después de buen tiempo no pude dormir. Me sentía angustiado, pensaba en el tiempo paso, los años perdidos por mi perfeccionismo, sólo cerre los ojos y me dije no debo tener miedo, ayúdame. Después de una hora con sudor y con angustía, el sueño se apoderó de mí, dormí muy tranquilo.

Es que a veces pienso y repienso por qué antes lo luche por mis sueños, por que me sumergí en medio de la oscuridad y la depresión, abri los brazos de par en par a la autodestrucción.

Ahora sé que esa parente normalidad, en la que yo procuraba ser el mejor en todo, me destruía lejos de ayudarme, me angustiaba y me sofocaba, sólo hallaba paz en los pequeños momentos en que las mentiras parecían ser verdaderas, en que yo me sentía feliz.

Cuando esta realidad estalló sobre mi rostor entendí que nunca debí permitir que mi corazón creyerá que la felicidad estaba en mi perfección estética, pues nunca he sido perfecto. Aunque todo el resto de mi vida transcurría normalmente, pues yo no me percataba el daño que el excesivo amor a la comida sana, el ejercicio hasta altas horas de la noche, me extenuaban y finalmente me pasaron la partida. Lo primero fue una debilidad excesiva, un sueño y un fatiga mental. Sé que esto ya pasó y la alegria volvio a rodear mi vida completamente, por que empecé a aceptar que también podía cometer errores.

Un amigo muy querido, me dijo que Dios nunca olvida lo que se le pide. Estoy de acuerdo con él pues los incrédulos somos nosotros.

Dios siempre estuvo pendiente de mí, enseñándome a cada momento, lo que yo no quería ver.

Ese tipo de noches ahora rara vez vienen a mí, pero sé que si eso pasa es porque ese día decidí, no tuve fe en el Señor o si la tuve fue muy débil, que permití a la angustia entrar en mi corazón,

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