sábado, 16 de enero de 2010

mejor que nunca y como siempre

tantos años, desde que tengo uso de razón un miedo se apoderó de mí y no me permitía sentirme feliz y dueño de mí. Todo lo que me proponía era inalcanzable.
Sé que a veces puedo saturar al hablar de esto siempre, pero la verdad. Mi vida estuvo consagrada al miedo.
No recuerdo ningún día viéndome jugando en un parque con amigos, o simplemente cantando delante de los demás, porque siempre pensaba que no lo iba a ser suficientemente bien. Alguna vez hice teatro, me encantaba estar allá arriba en el escenario y recitar mi pasión.
En frente a un público el miedo se disipaba mis miedos, pero luego no hubo tiempo para ello y fue cuando ya casi sin esa única salida se encerre en mi mundo. Que me invitaban mis amigos a salir que no gracias, mis padres y mi hermano cuantas veces me instaban a ir, pero mi mundo se volvió mi cuarto.
La idea de no hacer lo correcta o parecer un tonto o un ridículo por pensar y actuar de un modo muy infantil me incapacitaba para interactuar con los demás.
Hasta que un día todo empezó a cambiar atrás quedo esa sudoración descontrolada, esa timidez sutilmente solapada en medio de una verborrea que impedía a cualquier interlocutor mío hacerme preguntas, pues buscaba evitar ser preguntado, desaparecieron.
Hoy me digo y mi niñez y adolescencia estuvieron envueltas de miedo, entonces ¿no las vivi bien? Quizá pude haberlas vivido mejor sin miedo, sin temor irracional a no aceptar que soy especial, un hombre que siente como pocos y modestia aparte, que nunca se va a arrepentir de haber renunciado a muchas cosas por amor, de alegrarse con la cosas simples de la vida y de amar a una niña, en mi vida, con intensidad como en un cuento de hadas.
No tengo porque arrepentirme por más que a veces lo sienta, fui feliz miedosamente y ahora soy feliz sin miedo.
Es que la felicidad es eso. Ser como uno quiere ser. Vivir como un eterno poeta o soñador empedernido y a la vez como el más sensato y práctico hombre.

No hay comentarios: